Todos los que no somos sitgetanos nos enamoramos de Sitges cuando lo conocemos. Un flechazo instantáneo. Amor a primera vista. Y desde entonces, hemos soñado con vivir aquí. En mi caso, lo concreté hace tres años, cuando mis circunstancias personales y laborales me lo permitieron. Entonces. Pero, el sueño se convirtió en pesadilla.

Cualquiera diría que el Ayuntamiento de Sitges quiere fomentar el amor y que la gente viva en pareja, porque vivir solo en Sitges es imposible. Y no todos tenemos la suerte de encontrar a nuestra media naranja, o elegimos la soltería como forma de vida. Entonces, nos vemos obligados a cohabitar con personas con las que, como diría Jorge Luis Borges, «no nos une el amor si no el espanto«.

En estos tres años que llevo viviendo en Sitges, he pasado por situaciones que ninguna persona debería sufrir. Empezando por propietarios abusivos que dicen que «el piso se autogestiona» para referirse a que tú tienes que hacerte cargo de reparar o reemplazar una nevera de diez años que se estropea, aunque solo lleves dos meses viviendo en el piso. Pasando, también, por robos cometidos por mis «compañeros» de piso, incluyendo insultos homófobos en lo que se supone que es mi propia casa, okupas que alquilan una habitación individual y se meten dos. Y acabando por recoger a un completo desconocido (lleva cinco días viviendo aquí) del suelo del baño y tener que llevarlo todo borracho a su cama. Basura, dejadez, apatía, abandono… Tal vez porque saben que están de paso o, simplemente, porque son así.

¿Y qué hacen las autoridades? Las municipales, un plan de viviendas de protección oficial en el que un requisito sine qua non es llevar al menos tres años empadronado en Sitges. Sin ir más lejos, en la casa donde vivo, hay unas 5 o 6 personas empadronadas desde hace años, porque en su momento, vivieron en Sitges durante unos meses. A saber dónde están ahora mismo. Sin embargo, cualquiera de ellas tendría opción a un HPO del Ayuntamiento antes que yo, que no solo vivo aquí sino que estoy comprometido con la comunidad sitgetana a través del trabajo voluntario que hago como vicepresidente de Colors Sitges Link.

Las autoridades autonómicas hacen un Índice de Referencia de Precios del Alquiler que, en la práctica, no sirve para nada. Y las estatales… bueno, el gobierno del PSOE y sus socios han dictado leyes que hacen que, hoy en día, sea más fácil ser okupa que inquilino. Ante esto, es normal que los propietarios quieran protegerse contratando seguros de impagos. Pero las aseguradoras que no tratan con personas, también hacen sus números. Y las cifras les dicen que el precio del alquiler no puede superar el 30% de los ingresos de la unidad familiar. Si tenemos en cuenta que un alquiler medio en Sitges ronda los 800€, me pregunto cuántas y qué personas en Sitges ganan, al menos, 2.400€ mensuales para poder permitirse el lujo de vivir solas, cuando la mayor parte de la fuerza laboral de la Vila está dedicada al sector servicios. Si a esto le sumamos los alquileres temporales en temporada baja de los pisos con licencia turística, hay personas en Sitges que viven mudándose cada cuatro meses, dando vueltas de habitación en habitación.

Y, mientras tanto, ¿dónde quedan mis derechos como ciudadano? ¿No tengo derecho a elegir cómo gastar mis dinero? Tal vez para mí sea más importante tener un techo sobre mi cabeza que salir a cenar fuera, aunque esto supere el 30% de mis ingresos.

La Constitución, en su artículo 47, garantiza el derecho a una vivienda digna. Doy por hecho que la dignidad de una vivienda va más allá de sus condiciones materiales y que incluye el poder elegir cómo quiero vivir –si solo o acompañado– y, más aún, poder vivir sin miedo a mi casa. De lo contrario no hay dignidad.

El artículo 19 del mismo texto constitucional, dice que los ciudadanos tienen “derecho a elegir libremente su residencia”. Sitges vulnera este derecho. Me está echando. Me obliga a elegir entre vivir tranquilo o vivir en Sitges.

Ahora que todos los estamentos de la administración hablan de la Salud Mental… ¿No es imprescindible para la salud mental que haya estabilidad? ¿Hay algo que dé más estabilidad a una persona, que un hogar y una comunidad en la que poder echar raíces? El bienestar no pasa también por poder vivir en el lugar que uno estima? ¿Son incapaces las autoridades de sumar 2+2 y ver que la salud mental y la vivienda van estrechamente unidas? Lamentablemente, parece que sí.

Mientras el Ayuntamiento de Sitges y las otras administraciones hablan de salud mental, del derecho a la vivienda y de la dignidad de las personas, muchos ciudadanos de Sitges continuamos indefensos en una especie de jungla en la que impera el «sálvese quien pueda«.

Fernando Lavieja