Vidas LGBTQIA+ Importan

Pedir Ayuda es el Camino para la Prevención del Suicidio

1. Autenticidad en Riesgo: El suicidio como reflejo de la lucha LGBTQIA+ por una vida digna

¿Qué hace que la vida merezca ser vivida? ¿Y qué hace que parezca no merecerlo?

«Solo hay un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida merece o no ser vivida es responder una cuestión fundamental». En la introducción de El mito de Sísifo, Albert Camus nos obliga a afrontar estas interrogantes esenciales con ineludible franqueza. Pero esta reflexión adquiere una urgencia particular cuando observamos la comunidad LGBTQIA+, donde demasiadas personas ven su existencia amenazada por el simple hecho de ser quienes son.

En un mundo que tantas veces condiciona la dignidad humana a la conformidad con normas rígidas, vivir con autenticidad puede convertirse en un acto de resistencia frente a riesgos concretos: el rechazo familiar, la discriminación social, la violencia verbal o física, así como la falta de apoyo adecuado en salud mental y física. Bajo estos términos, la experiencia vital puede parecer menos un derecho y más una carga, convirtiéndose en una batalla constante en lugar de un espacio repleto de posibilidades libres.

2. Alerta en España: Suicidio en la comunidad LGBTQIA+ en cifras alarmantes

Se sabe que el suicidio es, desde hace varios años, la principal causa de muerte externa en España, superando incluso a los accidentes de tráfico. Pero dentro de la comunidad LGBTQIA+, la realidad toma contornos dramáticos: el 33 % de la población LGBTQIA+ en España admitió ideación suicida en el último año; el 18 % ya ha intentado suicidarse. Los hombres trans están especialmente afectados: un 42 % de ellos ha intentado suicidarse, mientras que el 35 % de las personas bisexuales también reconocen haberlo intentado.

Según un estudio del Instituto de Salud Carlos III, las personas trans y no binarias tienen 16 veces más probabilidad de sufrir depresión y 11 veces más de padecer ansiedad que la población general.

Entre adolescentes, la situación no es menos preocupante: quienes son rechazados por sus familias tienen 8,4 veces más probabilidad de intentar suicidarse. El acoso escolar homofóbico agrava aún más el panorama: un 43 % de jóvenes homosexuales y bisexuales víctimas de bullying han tenido pensamientos suicidas, y el 17 % ha realizado intentos.

Cuando hablamos de prevención del suicidio en la comunidad LGBTQIA+, no podemos asumir que todas las experiencias se inscriben en el mismo plano. La vulnerabilidad se agrava cuando se suman otros factores de exclusión, como la clase social, el origen étnico, la condición de inmigrante o la vivencia con discapacidad. Jóvenes LGBTQIA+ en contextos rurales, por ejemplo, enfrentan con frecuencia aislamiento social, escasez de recursos especializados y ausencia de redes de apoyo, lo que eleva aún más el riesgo suicida. Del mismo modo, las personas migrantes LGBTQIA+ viven a menudo en una doble invisibilidad: por un lado, sufren discriminación en función de la orientación sexual o identidad de género; por otro, cargan con las dificultades asociadas a la integración cultural, económica y lingüística. Reconocer esta interseccionalidad es esencial para crear respuestas más ajustadas y verdaderamente inclusivas.

A pesar de que España cuenta con una de las legislaciones LGBTQIA+ más progresistas de Europa, las leyes no cambian automáticamente actitudes homofóbicas, bifóbicas o transfóbicas presentes en escuelas, familias, lugares de trabajo y espacios públicos. El Gobierno español aprobó recientemente un Plan Nacional contra el Suicidio que, por primera vez, menciona expresamente a la comunidad LGBTQIA+ como grupo prioritario.Se sabe que el suicidio es, desde hace varios años, la principal causa de muerte externa en España, superando incluso a los accidentes de tráfico. Pero dentro de la comunidad LGBTQIA+, la realidad toma contornos dramáticos: el 33% de la población LGBTQIA+ en España admitió ideación suicida en el último año; el 18% ya ha intentado suicidarse. Los hombres trans están especialmente afectados: un 42% de ellos ha intentado suicidarse, mientras que el 35% de las personas bisexuales también reconocen haberlo intentado.

Según un estudio del Instituto de Salud Carlos III, las personas trans y no binarias tienen 16 veces más probabilidad de sufrir depresión y 11 veces más de padecer ansiedad que la población general.

Entre adolescentes, la situación no es menos preocupante: quienes son rechazados por sus familias tienen 8,4 veces más probabilidad de intentar suicidarse. El acoso escolar homofóbico agrava aún más el panorama: un 43% de jóvenes homosexuales y bisexuales víctimas de bullying han tenido pensamientos suicidas, y el 17% ha realizado intentos.

Cuando hablamos de prevención del suicidio en la comunidad LGBTQIA+, no podemos asumir que todas las experiencias se inscriben en el mismo plano. La vulnerabilidad se agrava cuando se suman otros factores de exclusión, como la clase social, el origen étnico, la condición de inmigrante o la vivencia con discapacidad. Jóvenes LGBTQIA+ en contextos rurales, por ejemplo, enfrentan con frecuencia aislamiento social, escasez de recursos especializados y ausencia de redes de apoyo, lo que eleva aún más el riesgo suicida. Del mismo modo, las personas migrantes LGBTQIA+ viven a menudo en una doble invisibilidad: por un lado, sufren discriminación en función de la orientación sexual o identidad de género; por otro, cargan con las dificultades asociadas a la integración cultural, económica y lingüística. Reconocer esta interseccionalidad es esencial para crear respuestas más ajustadas y verdaderamente inclusivas.

A pesar de que España cuenta con una de las legislaciones LGBTQIA+ más progresistas de Europa, las leyes no cambian automáticamente actitudes homofóbicas, bifóbicas o transfóbicas presentes en escuelas, familias, lugares de trabajo y espacios públicos. El Gobierno español aprobó recientemente un Plan Nacional contra el Suicidio que, por primera vez, menciona expresamente a la comunidad LGBTQIA+ como grupo prioritario.

3. ¿Por qué seguimos fingiendo que todo está bien?

Hablar sobre el suicidio es, por encima de todo, hablar sobre el dolor humano: muchas veces invisible, pero profundamente real. Detrás de cada estadística hay una vida interrumpida, una historia única que podría haber continuado si hubiera encontrado comprensión, apoyo y esperanza. En muchos casos, quien contempla el suicidio no desea morir: simplemente quiere que su dolor sea reconocido y cese. Reconocer esto es fundamental para romper el estigma que aún rodea el tema y que silencia a tantas personas en el momento en que más necesitan ser escuchadas.

El suicidio no solo es un drama individual, sino también un reflejo colectivo de la estructura emocional de nuestra sociedad. Vivimos en una era hiperconectada, pero profundamente desconectada de nuestras propias emociones y de las emociones ajenas. Hemos aprendido a valorar la productividad, la apariencia y el rendimiento, alejándonos cada vez más de nuestra inevitable vulnerabilidad, especialmente respecto a compartir nuestros miedos, tristezas y resentimientos. Pedir ayuda suele verse como una debilidad; llorar o expresar ira sigue siendo un tabú; decir “no estoy bien” todavía carga con un estigma.

Además de la exposición a insultos, violencia e invisibilización, esta incapacidad cultural para reconocer, expresar y acoger emociones crea un terreno fértil para el aislamiento emocional y la desesperación. El suicidio nace, muchas veces, en ese silencio perturbador. Una sociedad emocionalmente analfabeta no sabe escuchar ni enseñar a pedir; no sabe validar el dolor antes de que se torne insoportable. Con demasiada frecuencia insistimos en expresiones como “aguanta”, “estás dramatizando” o “los problemas de otros son mayores”, perpetuando la idea de que el sufrimiento debe ocultarse o menospreciarse.

Las respuestas deben ser multidimensionales: sí, es urgente una educación más inclusiva (programas antibullying, educación sexual integral, visibilidad positiva en las escuelas), más apoyo familiar (proyectos de sensibilización que muestren el impacto salvador de la aceptación parental), capacitar más profesionales en salud mental y educación en cuestiones LGBTQIA+, políticas públicas robustas (planes nacionales de prevención del suicidio que reconozcan explícitamente la vulnerabilidad LGBTQIA+) y fortalecer aún más la comunidad: promover redes de apoyo, grupos de pertenencia y visibilidad positiva.

Pero más allá de líneas de ayuda o campañas puntuales, esta problemática exige una revolución en la educación emocional: enseñar a los niños a nombrar sentimientos, a los adultos a buscar ayuda sin vergüenza, y a las comunidades a acoger la fragilidad del otro, transformando el pedir ayuda en un acto de humanidad, no de debilidad.

Mientras no sepamos mirar las emociones con la misma naturalidad con que vemos una herida física, seguiremos perdiendo vidas ante un mal invisible. En este sentido, el suicidio también es un grito que dice: “no supe, no me permití, o no me dejaron pedir ayuda”. Y una sociedad que ignora ese grito está, ella misma, enferma.

La prevención del suicidio empieza con pequeños gestos: mostrar un interés genuino por el bienestar del otro, ofrecer escucha sin juicio, crear espacios donde pedir ayuda no sea vergonzoso y donde expresar ciertas emociones no parezca inapropiado.

4. Carlos Marinho y Colors Sitges Link: Unidos por la Prevención del Suicidio y la Salud Mental LGBTQIA+

El 10 de septiembre, Día Mundial de la Prevención del Suicidio, Carlos Marinho, psicólogo clínico portugués, y Colors Sitges Link reafirmaron su compromiso de generar conciencia y promover la salud mental dentro de la comunidad LGBTQIA+.

Para conmemorar este día y normalizar la búsqueda de ayuda, se llevaron a cabo diversas iniciativas:

  • La creación y difusión de vídeos informativos en los perfiles de Instagram de Carlos Marinho y de Colors Sitges Link, con el objetivo de sensibilizar a la comunidad sobre la importancia de la prevención del suicidio y fomentar la cultura de pedir ayuda. Estos vídeos incluyeron información sobre cómo reconocer señales de alerta, cómo fortalecer las redes de apoyo y la difusión de recursos y contactos de salud mental inclusivos, para asegurar que todas las personas que lo necesiten puedan acceder a ayuda.
  • La publicación de un artículo en la página web de ambas entidades, con contenidos complementarios que profundizan en estas temáticas y ofrecen materiales de referencia accesibles para toda la comunidad.
  • La creación de un mural en papel, colocado en la calle Joan Tarrida, en Sitges, junto a la sede de Colors Sitges Link, donde cada persona pudo escribir mensajes de apoyo, resiliencia y esperanza.
  • La difusión de dos testimonios que resaltaron historias de resiliencia y esperanza, mostrando que pedir ayuda es un acto de valentía.

En este último marco, el 3 de septiembre nos reunimos con dos personas supervivientes de intentos de suicidio, Fran (una chica trans) y Derek (un chico gay), en el Centre LGTBI de Barcelona, para una entrevista (los nombres fueron modificados para proteger su identidad). Sus palabras, distintas en el tono y en la experiencia, convergen en un mismo eje: la urgencia del cuidado, de estructuras de apoyo dignas y de una escucha que nunca abandone.

Sus testimonios no solo ponen voz al dolor y a la vulnerabilidad, sino también a la fuerza de seguir adelante. A continuación, compartimos extractos de estas entrevistas que reflejan, en primera persona, las dificultades, aprendizajes y esperanzas de Fran y Derek, con el fin de visibilizar la importancia del apoyo y de la prevención del suicidio en la comunidad LGBTQIA+.

FRAN: Cuando el dolor habla más fuerte

Para Fran, la motivación subyacente a este testimonio nace de una negativa firme: “No estoy dispuesta a aceptar que las infancias y adolescencias queer lleguen a este límite, ni que alguien tenga que pasar por esto”. Denuncia una “epidemia que no queremos escuchar”, alertando sobre el número “enorme” de muertes presenciadas a lo largo del tiempo.

En su vida cotidiana, Fran describe el delicado equilibrio entre pedir ayuda y proteger a quienes la rodean: muchas de las personas a las que podría recurrir “están bastante mal”, y el temor a sobrecargarlas la lleva a gestionar sola, a veces, una intensidad emocional desbordante:

“Tengo que hacer ciertos malabares a la hora de poder llegar y compartir con alguien todo lo que llevo dentro, y además hay días en los que lo que llevo es tan, tan, tan fuerte que no consigo llamar a nadie. (…) Cuando pasa la tormenta, entonces ya consigo llamar a alguien. Muchas veces no llamo para decir que no estoy bien; a veces sí, otras veces invento simplemente una excusa, pero el simple hecho de escuchar una voz humana me calma muchísimo.”

Sobre el futuro, reconoce un horizonte posible, aunque distante: “las ideas autolíticas persisten”, y la lucha es como la de un “David contra Goliat”. En este recorrido, la terapia es central: reorganiza, ayuda a comprender y, después de comprender, permite quererse y perdonarse un poco, dejando de tratarse “como una loca de manual” para tratarse como una persona.

Fran subraya también un principio ético del cuidado: “Cuando alguien se suicida, no se suicida porque quiera suicidarse. Las personas que se suicidan tienen un amor enorme por la vida, lo que ocurre es que no soportan el sufrimiento que cargan. En ese momento es el dolor el que habla; por eso, acompañar sin abandonar es vital. No están solos ni solas, no lo están ni tienen por qué estarlo, y yo prometo y aseguro que, cuando al día siguiente ese dolor haya disminuido, encontrarán un poco de paz.”

Y desaconseja: “No lo intenten, no vale la pena intentarlo. Yo sé lo que implica, sé la paz y la calma que se sienten tras el intento, pero lo que espera después es extremadamente agotador.”

En términos de políticas de apoyo, Fran defiende un centro de crisis 24 horas, sin psiquiatras (y sin medicalización automática), pero con psicólogos, enfermeros, auxiliares e integradores sociales. Un espacio de puertas abiertas en el pico del dolor —ya sean medianoche, dos y media de la mañana o tres de la madrugada— donde sea posible “abrazar a quien esté allí, sea de forma profesional o no profesional, como trabajador o como usuario”.

DEREK: Aprender a pedir ayuda es una competencia

Derek explica que decidió compartir ahora su experiencia por sentido de responsabilidad comunitaria y por un proceso de transparencia que está llevando a cabo en terapia:

“Fue importante para mí, habiendo pasado por una experiencia que fue uno de los puntos más bajos de mi vida, ayudar a apoyar a otros dentro de mi propia comunidad para garantizar que, dentro de veinte o treinta años, todavía estén aquí.”

Su historia comienza en un entorno donde pedir ayuda era debilidad. Eso moldeó años de silencio y autosuficiencia forzada:

“Pedir apoyo emocional se veía como una debilidad. Era muy aquello de, si querías expresarte haciendo algo y no lo hacías de la manera correcta, te lo quitaban de las manos. No había apoyo. Incluso en algo tan simple como montar un mueble de IKEA. El ambiente en el que crecí era: ‘no hagas eso, dámelo aquí’. Por lo tanto, no crecí con apoyo de alguien a mi lado. Pedir ayuda fue muy difícil para mí durante la mayor parte de mi vida, pero en los últimos años, con la madurez, entendí que pedir ayuda no es malo.”

Derek habla de un post crisis con lagunas de memoria, típicas de la experiencia de disociación:

“Creo que es algo que mucha gente no entiende: cuando llegan a una crisis en la que sienten que ya no quieren vivir y sobreviven, rara vez se habla de la pérdida de memoria que ocurre. Puede ser en torno a un episodio específico, o días, semanas o meses después. Para mí, personalmente, borró casi toda mi infancia, casi toda mi adolescencia y gran parte de mis veinte años.”

Sobre el apoyo institucional que recibió tras el intento, es categórico: “básico”, centrado en medicación y consultas rápidas, sin profundizar en las causas.

“Sigue siendo básico, incluso ahora, y el acceso a buenos cuidados de salud mental sigue siendo muy limitado. En las empresas, dan seguros de salud, abonos de gimnasio, pero ¿consultas de psicología? Limitan a 15 sesiones. Eso no es nada. Yo dejaría el abono del gimnasio para tener 15 sesiones más.”

¿Qué le gustaría que hicieran los profesionales? Tomar en serio los intentos e investigar la historia de vida, las raíces del estado mental, y no solo el episodio. Defiende psicólogos permanentes en las organizaciones, recordando casos en los que cuidar primero de la salud mental transformó, después, el desempeño en el trabajo.

Preguntado sobre cómo se mantiene alejado de los estados de ánimo más oscuros, Derek destaca que aprendió a pedir ayuda y a expresarse:

“Aprendí a expresarme con amigos, parejas… no siempre de la manera más saludable, pero es un proceso. Pasé un cuarto de mi vida sin poder expresarme, y ahora estoy aprendiendo tarde. Tengo 38 años, no me dejaron ser niño, no me dejaron ser emocionalmente disponible. Es difícil. Envidio a quienes parecen emocionalmente estables, porque es una competencia. Pero se puede aprender, y también enseñar. Me gusta escuchar a los demás, igual que me gusta ser escuchado. Siempre contesto el teléfono, porque nunca se sabe cuándo alguien realmente lo necesita. Una cosa que aprendí es esto: estar disponible puede salvar a alguien.”

Como mensaje final, deja una pauta simple y urgente: “Coge el teléfono y llama a alguien: un amigo, una línea de apoyo, servicios públicos o profesionales privados. Si una puerta no se abre, toca otra. Si surgen pensamientos como ‘¿para qué estoy aquí?’ o ‘¿cuál es mi propósito?’, es el momento de pedir ayuda ya. Yo no lo hice en su momento; ahora lo aprendí.”

5. Cada vida tiene valor: Por una sociedad que celebra la autenticidad

Nadie debería sentir que ser quien es lo pone en riesgo, resume un comunicado de ILGA Europa. Una vida merece ser vivida cuando somos libres para ser íntegros. Defender la autenticidad LGBTQIA+ no es solo una cuestión de derechos humanos, es un acto de preservación de vida.

Las adversidades pueden ser duras y desalentadoras, pero siempre surgen posibilidades inesperadas de recuperación, revalorización y cambio positivo.

La lucha contra el suicidio en esta comunidad implica, necesariamente, crear entornos donde cada uno pueda existir sin miedo, amar sin esconderse y expresarse sin represalias: decir y mostrar, como sociedad, que cada vida tiene valor, que cada identidad merece respeto, y que vivir plenamente no debería ser un riesgo, sino un derecho inalienable y una afirmación de que la vida vale la pena ser vivida.

6. Identificar las señales y ayudar a quien esté contemplando el suicidio

No siempre es fácil percibir cuándo alguien que conocemos está pensando en acabar con su propia vida. Muchas veces, el sufrimiento es silencioso, pero existen señales de alerta que pueden ayudarnos a estar más atentos. Entre ellas se encuentran:

1. Señales verbales (lo que la persona dice)

  • Hablar sobre la muerte, el suicidio o querer acabar con la vida.
  • Frases como: “Quisiera desaparecer”, “La vida no merece la pena”, “Estaríais mejor sin mí”.
  • Hablar con frecuencia sobre culpa, inutilidad o sentirse una carga.
  • Expresar desesperanza y falta de futuro: “Nada va a mejorar”, “No veo salida”.

2. Señales conductuales (lo que la persona hace)

  • Aislamiento social: alejarse de amigos, familia y actividades.
  • Cambios bruscos de humor: una euforia repentina tras un período depresivo puede indicar la decisión de suicidarse.
  • Alteraciones en los hábitos: exceso de sueño o insomnio, pérdida o aumento del apetito.
  • Descuidar la apariencia o la higiene personal.
  • Incremento en el consumo de alcohol o drogas.
  • Repartir objetos personales importantes o “despedirse” de personas cercanas.
  • Buscar medios para morir (en línea o fuera de línea).
  • Autolesiones o hablar de dolores físicos constantes sin causa aparente.

3. Señales emocionales (lo que la persona siente y muestra)

  • Tristeza profunda y persistente.
  • Ansiedad intensa.
  • Sentimiento de desesperanza o vacío.
  • Ira o irritabilidad frecuente e inexplicable.
  • Sentimiento de impotencia y de no tener alternativas.

4. Señales en poblaciones específicas

  • Adolescentes y jóvenes: bullying, ciberacoso, rechazo familiar (especialmente en la comunidad LGBTQIA+), bajo rendimiento escolar.
  • Adultos: desempleo, crisis financieras, separaciones, pérdidas significativas.
  • Personas mayores: enfermedades graves o crónicas, soledad, pérdida de autonomía.

5. Señales de urgencia (busca ayuda inmediata)

  • Plan específico para quitarse la vida
  • Acceso a medios letales (arma, medicamentos, lugares peligrosos).
  • Despedidas claras (cartas, mensajes finales).
  • Intentos previos de suicidio.

¿Cómo apoyar?

Ayudar a alguien que contempla el suicidio puede parecer aterrador, pero tu presencia y actitud pueden marcar la diferencia. Muchas veces, quien lo contempla se siente solo, incomprendido y sin alternativas. Mostrarle que no está solo puede ser un primer paso poderoso.

  1. Escucha sin juzgar. Deja que la persona hable sobre lo que siente, aunque sea doloroso de escuchar. No minimices su dolor ni ofrezcas soluciones rápidas. Frases como “esto pasará” o “tienes que ser fuerte” pueden aumentar el aislamiento. En su lugar, usa expresiones como “estoy aquí para ti” o “lo que sientes importa”.
  2. Toma en serio cada señal. Nunca ignores o desvalorices frases que puedan indicar riesgo, como “no aguanto más” o “la vida no tiene sentido”. Preguntar directamente si la persona tiene pensamientos suicidas no promueve el suicidio; al contrario, le brinda un espacio seguro para compartir sus sentimientos.
  3. Anima a buscar ayuda profesional. Sugiere acompañamiento psicológico o psiquiátrico; si es posible, ofrécete para ayudar a concertar una cita o acompañarla. En situaciones de emergencia, contacta con servicios de urgencia.
  4. Está presente y acompaña. Mantén contacto regular, demuestra interés genuino y acompaña en el proceso de recuperación. Mostrar que su vida tiene valor para ti refuerza la idea de que no está sola.
  5. Cuida también de ti. Apoyar a alguien en sufrimiento intenso puede ser emocionalmente exigente. Busca apoyo si lo necesitas y recuerda: dos náufragos no pueden ayudarse mutuamente. Cuidarte es esencial para poder cuidar a otros.

Hablar sobre el suicidio salva vidas. Al ofrecer escucha, comprensión y apoyo práctico, puedes ser el eslabón que impida que alguien sucumba al dolor. Nunca subestimes el poder de tu presencia.

7. «Quédate. Caminemos juntos»

Si estás contemplando el suicidio, permítete un momento y lee esto con atención. Es paso a paso. Y no hay problema en que así sea, de hecho, es lo esperado.

Muchos hemos estado en ese lugar: donde todo parece demasiado pesado, sin salida, sin futuro; donde el dolor parece no dar respiro, como si nadie pudiera entender lo que estás sintiendo. Desistir parece la única manera de detener el sufrimiento. Y sí, lo que sientes es real, pero no es permanente.

Muchos hemos descubierto, con el tiempo y con el apoyo adecuado, que la vida recobra significado incluso después de tanto dolor, aunque ahora parezca imposible creerlo. Pero no estás solo y eso debe significar algo: estamos aquí por ti. Pedir ayuda no es debilidad; significa que aún hay dentro de ti una parte que quiere vivir, una parte que quiere intentar. Eso es coraje, aunque ahora no lo parezca.

Date otro momento, permítete otro paso.

Llama ahora a alguien en quien confíes. Si hablar parece demasiado, simplemente envía un mensaje corto: “No estoy bien, necesito de ti” o “Necesito ayuda”. Eso es suficiente para que alguien comience a estar a tu lado. Y aunque no consigas hablar de lo que te atormenta, permítete simplemente disfrutar de la compañía silenciosa de la otra persona.

Si no puedes hablar con alguien cercano, contacta con un servicio de apoyo:

  • Emergencias: 112 (número general en toda España).
  • Teléfono 024 – Llama a la Vida: apoyo emocional y prevención del suicidio (24h/7, gratuito, confidencial).
  • Teléfono 028 – Servicio Arcoíris: línea LGTBI (gratuito, 24h/7).
  • Línea Arcoíris: 913 604 605 (anónima y confidencial).
  • Teléfono de la Esperanza: 717 003 717 (24h en España) y en algunas regiones 900 840 845.
  • SAMUR Social (Madrid): 900 703 030.
  • Cruz Roja: 900 22 22 92.

Y mientras esperas, respira. Respira un momento a la vez. Permite que alguien camine contigo hasta que puedas volver a creer que vale la pena continuar.

Porque sí que vale la pena.

Autor: Carlos Marinho es psicólogo clínico, creador artístico freelance y activista LGBTQIA+.

Desde 2013, cuando coorganizó y fue portavoz de la primera Marc ha por los Derechos LGBT de Braga, en Portugal, combina el
acompañamiento terapéutico con proyectos de intervención social que integran arte y psicología, siempre con un enfoque inclusivo y comunitario.

Contactos:
Instagram: @carlos_marinho.psi
WhatsApp: +351 963 008 056